Un reverendo en el Capitolio ~Oposición a la Video Lotería

El tema de la división entre Iglesia y Estado no es típico de nuestros días.  Ha sido nuestra realidad por demasiado tiempo  como para que sea una preocupación corriente. Sin embargo, haríamos bien al reconocer su importancia, así como sus beneficios. Siglos atrás, estos poderes se dividieron para evitar que los gobiernos estuviesen comprometidos a una religión sobre otra, de manera que se coartara la libertad de culto y/o una religión fuese beneficiada por encima del bienestar de la ciudadanía. Como consecuencia de esta separación, se evita que una doctrina pueda etiquetar las acciones del gobierno como malas o buenas, positivas o negativas, basándose en su credo. Esta medida se consolidó durante la Ilustración, pero tal vez el propio Jesucristo la anticipó al decir “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Sin embargo, ha habido muchas ocasiones en que representantes de diferentes dogmas cruzan esa línea. El ejemplo más reciente es el reverendo Jorge Raschke, líder del Ministerio Clamor a Dios. Hace unos días, el reverendo ofreció una conferencia de prensa en las escalinatas del área norte del Capitolio, manifestando su oposición al proyecto que busca crear un marco de ley para establecer la Video Lotería, es decir, legalizar, para beneficio de las arcas gubernamentales, las máquinas de juegos existen ilegalmente y sin reglamentación. En su exposición en contra de esta pieza legislativa, Raschke aseguró que no desea “un Puerto Rico que dependa del desangramiento económico de los pobres”. A su vez, se acercó más a su materia al aseverar que  se necesita un milagro para que el Gobernador pueda correr y ganar una contienda electoral en el 2012. En adelante, criticó la Ley 7 y sus repercusiones, diciendo que el Gobernador “ha fallado aquí a muchos sectores, a los trabajadores, inclusive al sector de fe, y se han hecho unas decisiones antipáticas entre los mismos que lo ayudamos a subir”.

Posteriormente, el pasado 26 de mayo, le pidió al gobernador Luis Fortuño que despidiera al Secretario de la Gobernación, Marcos Rodríguez Emma, luego de que éste aconseja la implementación de la Video Lotería. “Me reitero en mi petición al Gobernador para que salga de los asesores que lo están destruyendo y que dan la impresión de que él no gobierna” dijo el reverendo. Su comentario se dio a raíz de que el Secretario expresara que el mencionado proyecto no está ‘muerto’ en la Asamblea Legislativa. Raschke se preguntó  “cómo se atreve a decir que el proyecto no está muerto, como si él tuviera el poder de determinar una cosa o la otra”.

En primer lugar, puede entenderse que el reverendo, es, además de un hombre de Dios, un ciudadano y como tal, dentro del marco de la democracia, tiene el derecho de expresar sus protestas. Empero, eso no elimina el hecho de que dirige un gran sector en la Isla y al hacer públicas sus opiniones influye sobre su congregación, aunque sea indirectamente. En turno, quizás deberíamos preguntarnos por qué el reverendo se ve movido a hacer estos reclamos, yendo más allá de su preocupación por sus compueblanos e interviniendo directamente con la gobernación del país, materia que no le corresponde. Raschke consideró las expresiones de Rodríguez Ema  como “una intimidación a los senadores”, pero respondió con una propia, asegurando que de aprobarse la medida, “Puerto Rico será testigo del escándalo más grande que se haya visto”.

Aun comprendiendo su preocupación por sus compueblanos, no hay justificaciones para su intervención en los asuntos de gabinete del Gobernador o su censura de los comentarios del Secretario, al tiempo que hace sus propias declaraciones y vaticinios. Sin embargo, tal vez esta situación, como otras similares, es responsabilidad de tanto los religiosos como los gobernantes que negocian ventajas políticas con ellos. De cualquier manera el hecho es que no debería tener lugar en una sociedad como la nuestra. La división entre Iglesia y Estado ha sido uno de los avances más meritorios en la historia de la humanidad y nadie debería cruzar esa línea tan claramente establecida, ni político, ni religioso.

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