Un disparo más, una vida menos ~ La muerte de Karla Michelle

Cada año se repite la historia. Tras la algarabía inicial de los besos y abrazos en celebración del año nuevo, hay una pausa incómoda en lo que decidimos si salir al balcón a tirar los petardos o el balde de agua con malas vibras, u optar por la seguridad que ofrecen cuatro paredes de cemento. En la más reciente celebración, Karla Michelle, una joven de quince años de edad, decidió salir afuera. Como consecuencia de ello, cayó víctima de una bala perdida que ocasionó su muerte el pasado viernes 13 de enero, fecha en que se declaró su muerte cerebral.

Y así, a pesar de miles y miles de dólares invertidos en campañas con toda clase de portavoces –desde Miguel Cotto hasta Alex Trujillo-, se suma una víctima a la lista de vidas tronchadas como resultado de tan sádica tradición. Ahora, ¿qué nos resta? Podríamos especular por qué después de tantas oraciones, pedidos y negociaciones, no se dio ese milagro; por qué Karla Michelle no sobrevivió. Sin embargo, no hay quién conteste esa pregunta y para discutir hacen falta dos. Hace falta un target de carne y hueso.

En las redes sociales, algunos señalan a los padres. ¿Por qué la dejaron salir, sabiendo “como es la cosa”? No podemos negar la posibilidad de que los padres pudieron evitar este desenlace. Aún así, parece injusto culparlos, especialmente cuando no hay nada que podamos decir que ellos no hayan pensado. Además, lo cierto es que esa precaución sería completamente innecesaria si no fuera por los malditos disparos al aire.

Siguiendo esa línea, hay quienes culpan al gobierno, específicamente al Gobernador, por esta práctica. Por ejemplo, Yolanda Vélez Arcelay adujo que la situación se debe a un fracaso en el modelo económico del país y/o en la educación, es decir, del gobierno. Sin embargo, para apoyar esa tesis habría que ser partidario del “ay bendito”, de excusar la línea de trabajo ladrones, narcotraficantes y delincuentes en general porque la piña está agria. Incluso desde esa perspectiva, una cosa no tiene que ver con la otra, pues disparar al aire el 31 no es requisito para la delincuencia.

De parte, a diferencia de la baja puntuación en el College Board o las  pruebas puertorriqueñas, la culpa por esta problemática no puede achacársele a faltas en la educación pública porque esto no tiene que ver con matemática, inglés o español. Se trata de moral, de valores, del respeto por la vida humana y eso es algo que no se enseña en la escuela, sino en la casa.

Entonces, ¿a quién culpar? La respuesta más obvia es al infeliz que tenía tan poco respeto por su prójimo como para sentirse con la libertad de disparar al aire como si fuera el vaquero barbudo de los Looney Tunes. Es definitivo que ese malnacido carga con el mayor porcentaje de culpa por esta tragedia, pero el resto nos la repartimos entre todos los que hemos ayudado, por acción u omisión, a construir esta sociedad donde la vida humana vale nada.

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