Una generación perdida ~ Discotequeando on a school night

En el día de ayer, el Vocero publicó una noticia sobre una intervención en la discoteca Shalekos de Río Piedras, la cual culminó con la radicación de casos por negligencia en contra de los padres de varios menores de edad que frecuentaban el lugar.

Como parte de la nota, se incluyó una foto de tres parejas bailando reggaetón, o para llamar las cosas por su nombre, perreando. La posición de las chicas, dobladas al punto de tener que agarrarse de una superficie para no caer, no es lo más chocante. Después de todo, no es algo que no hayamos visto en las fiestas patronales. El problema es que se nota a leguas que las nenas no pasan de los dieciséis.

Tampoco es cosa rara que los adolescentes perreen. Lo que perturba es que no se trata de un party de marquesina o un quinceañero en el centro comunal. Estamos hablando de discotequeo puro y duro y todo lo que eso conlleva.

En un disco party te puedes sentar en una esquina y tomarte un refresco, o entrar a la cocina a que la mamá de tu amiga te haga un sandwich. El ambiente en una discoteca es completamente distinto. Todos tienen una misión y la de las mujeres es conseguir quién les pague un trago y las saque a la pista. Y después, como diría Héctor “El Father” años atrás, “que saquen a la disco a la que no…” bueno, ya se imaginarán.

Como mujer, tienes la libertad de escoger con quién vas a bailar y cómo vas a hacerlo, pero ¿hasta qué punto? Hay una presión de parte de las amigas, del que te pago el trago, del DJ y las luces y el humo. Es casi imposible manejarte con decoro. Como si al entrar dejaste la dignidad en la puerta.

Peor aún debe ser para una muchachita de doce o quince años. Sin importar de dónde venga y qué pueda haber visto, una discoteca no es lugar para ella y tampoco para el varón de la misma edad.

Por eso es necesario que se investigue el rol de esos padres, que no es lo mismo que presumirlos culpables del saque. No hay que subestimar la capacidad inventiva de un adolescente en busca de aventura.

De otra parte, la situación también amerita que se estudie el rol del establecimiento en cuestión. ¿Será que el “bouncer” se le olvidó pedir ID? ¿Acaso era miope y no podía reconocer un menor de edad cuando se le paraba de frente? ¿Y qué tal el consumo de alcohol?

Ojalá se investigue a fondo, porque no es justo que gente que promociona su negocio en Facebook con fotos de impúberes en posiciones comprometedoras se salgan con la suya.

Al final, independientemente de los resultados, resulta irónico pensar que con toda probabilidad, alguno de los padres acusados de negligencia, tal vez hasta el dueño de la discoteca, en algún momento ha pronunciado la frase “la juventud está perdida”. No en balde.

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